No entiendo de fútbol

fotonoticia_20140714000302_644No sé qué hago escribiendo esto

Debería estar estudiando para los dos finales que tengo esta semana. Y, además, no entiendo de fútbol.

Como cualquier chico argentino criado en los 90, fui a la escuelita de fútbol, y me aprendí las reglas. Soy de la época de Batistuta y el Batigol. Y de los Supercampeones.

Miré jugar a la Selección en todos los mundiales desde que tengo uso de razón (98, 2002, 2006, 2010, del 94 no me acuerdo), aunque tengo muy pocos recuerdos de eso (el juego prolijo de Sorín, un cabezazo de Ayala que se convertía en gol). Me gusta el juego, para practicarlo, y el deporte, para mirarlo. No los que juegan ni los que miran. Nunca fui un jugador ni un seguidor. Nunca formé parte de la “masa descerebrada” que se enfurece dentro de la cancha, y que sufre, grita, se emociona, mirando embobada la televisión mientras unos tipos patean una pelota de un lado al otro de la cancha. Si me preguntan “soy de Boca, porque soy argentino y de algún equipo hay que ser”.

No entiendo de fútbol.

Y este año debía ser más de lo mismo.

Una defensa pésima, un equipo inexistente, y una estrella, un salvador, ganando los partidos solo. Messi.

Fase de grupos, octavos, cuartos, y la luz salvadora de Messi seguía deslumbrando. Y entonces Di María se lesionó. Y entonces ocurrió la transformación. Cuando perdimos al Fideo, y el resplandor de la Pulga pareció apagarse, los otros héroes comenzaron a brillar. La defensa se convirtió en un muro infranqueable, y Romero en un guardián celestial. Hasta Palacio parecía menos malo. Mascherano demostró quién mandaba. El Chiquito fue un héroe. Y Sabella un estratega. Y el seleccionado holandés cayó, y yo también, rendidos ambos frente a tal fortaleza y maestría.

La final, la copa, la recompensa soñada. Las esperanzas de un país puestas en la albiceleste, teñida de azul para la ocasión. Y el mundo como testigo del enfrentamiento.

La copa que no pudo ser.

Las lágrimas mal contenidas de Di María. La frustración, el dolor y la bronca de Mascherano. El Kun, quien no creo estuviera en condiciones óptimas para salir a la cancha, con los ojos enrojecidos.

Y aun así, las cámaras y el mundo enfocados en el capitán perdedor, mientras este subía esas larguísimas escaleras a recibir su premio consuelo. Y entonces lo vi. Mientras, lo sé, en todo el mundo se alzaban voces contra él, lo vi. No era su rostro, que permanecía tan lejano y abstraído como siempre. Eran sus ojos, que miraban confundidos a quienes lo saludaban, felicitaban y premiaban. Que ocultaban, creo yo, un mar de lágrimas. Que miraban a su Balón de Oro como si fuera uno de esos trofeos de plástico de los cumpleaños infantiles. Esos que les dan a todos. Porque, total, lo importante es competir. Ojos que decían que no se suponía que terminaran así.

Y entendí que Messi, que yo, que todos, queríamos ganar. Y lo que se sentía perder. Que todo pueblo necesita héroes. Que la gloria vale oro, y que ellos, nuestros héroes, la merecen.

Qué se yo, no entiendo nada de fútbol.

E igual me quedé re caliente.

Sean felices, y vamos Argentina!

R.

PD: ¿Hay equipo?

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