El adiós a Steve Jobs

La muerte de Steve Jobs me generó emociones encontradas. No estoy seguro si es tristeza o qué, pero sí que algo en mi ser se apena por su partida. No se trata del sentimiento que tenemos todos ante la muerte, el desasosiego de la pérdida y cómo esta afecta a nuestro mundo y como lo concebimos. O sí.

No me considero un maquero (o fanboy), aunque tengo una Mac.

Fui linuxero, y renegué de Apple y sus políticas cerradas.

Hasta que tuve una Mac. La cual lleva meses de estar prendida y sigue funcionando como el primer día. La cual me proporcionó una experiencia del usuario, y un acceso a la tecnología, impecables desde el primer momento.

No se si Jobs era una buena o mala persona. Sé que cambió el mundo.

Leo en el blog de Berto Pena la siguiente frase: “Creo que lo mejor que se puede decir de una persona es que si no hubiera existido el mundo hubiera sido peor”.

Jobs lo logró. Sin su existencia, el mundo hubiera sido peor.

Y por eso se lo recuerda. Y por eso fue un genio.

Sean felices

 

R.

Y ustedes, ¿por qué no dicen nada?

Todos conocemos la escena. Vamos apurados, en auto, colectivo, caminando, en ese incesante, frenético e insensato transitar por las calles de Buenos Aires. De repente, el tránsito se interrumpe. Suena la campana, las barreras del paso a nivel bajan, y tenemos que esperar. Pero no queremos. Estamos ansiosos por llegar. A algún lado. A ninguna parte. No importa.

El banderillero de turno mira para los dos lados, y levanta manualmente la barrera. Total, falta para que pase el tren. Y si él no está en su puesto, algún conductor temerario hace la maniobra. Si total, no pasa nada. Nadie dice nada, más que alguna mirada cómplice y agradecida. El tránsito sigue, quién sabe hacia dónde. Y la inconsciencia también. Todos aplauden. O conceden. Todos concedemos. Y la escena se repite en cada paso a nivel de la ciudad. En cada semáforo, en cada cruce.

Hasta que ocurre la catástrofe. Un banderillero “considerado”, fuera de su puesto. Un colectivero temerario, personificando el espíritu mismo de la ciudad. Vidas perdidas en un accidente idiota y previsible. Pero del que nadie dijo nada.

Se pierde el tiempo, buscando a los culpables. El banderillero, el colectivero, la línea 92, TBA, el gobierno, la policía. Todos van al banquillo de los acusados. Las acusaciones se entrecruzan, pero falta alguien ahí. Faltas vos. Falto yo.

Viernes 30 de septiembre. Colectivo de la línea 92 circula por Fray Cayetano Rodríguez. Suena la campana, y las barreras del paso a nivel comienzan a bajar. El colectivero pisa el acelerador y cruza antes de que estas bajen. Algunos contenemos el aliento. Otros, ni siquiera prestan atención. Nadie dice nada.

Dobla velozmente a la derecha por Rivadavia, y golpea a una mujer con el costado del vehículo. Y casi pisa a un ciego. Nadie dice nada, salvo un tímido reclamo desde el fondo “estás yendo muy rápido, cruzaste con la barrera baja”.

La mujer se acerca y reclama. El chofer discute con ella, quién en su desesperación reclama al resto del pasaje:

-Y ustedes, ¿por qué no dicen nada?

Yo estaba ahí.

Y tampoco dije nada.

R.